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Primavera

Francisco A. Baldarena

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Texto núm. 6814

Título: Primavera

Autor: Francisco A. Baldarena Etiquetas: cuento

Editor: Francisco A. Baldarena

Fecha de creación: 27 de julio de 2021

Fecha de modificación: 1 de agosto de 2021

Edita textos.info Maison Carrée c/ Ramal, 48 07730 Alayor - Menorca Islas Baleares España

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Primavera

I- LA LLEGADA

Cerca del límite del pueblo, el tiempo cambió de repente; atrás quedaba el clima ameno que venía acompañando a Luciano Vivas desde que saliera de su casa en la capital. Cuando bajó del automóvil, delante del único hotel del lugar, caía una lluvia fina, y el frío lo obligó a correr hacia la entrada. En un rincón, el fuego de una chimenea mantenía la temperatura cálida y acogedora.

¡Qué tiempo raro!, le dijo a un señor que miraba la televisión sentado cerca de la chimenea mientras se acercaba a calentarse las manos en el fuego hospitalario.

Desde que tengo memoria siempre ha sido así, respondió el hombre con desgano, al tiempo que lo miraba de soslayo.

Es raro, porque a unos kilómetros de aquí el día estaba templado y bastante soleado, y de repente..., acrecentó Vivas, chasqueando los dedos de ambas manos.

En cualquier otro lugar el tiempo cambia según la estaciones menos acá, mi amigo. La voz del hombre ahora sonaba apática.

¿Desea hospedarse, señor...?, preguntó el hombre,que resultó ser el dueño del hotel.

Luciano Vivas, pero todos me llaman Vivas a secas. Mucho gusto, completó Vivas.

Juan Carlos, el gusto es mío. La verdad es que no viene mucha gente por aquí, desde que tengo memoria, dijo el hotelero, con cierto desinterés. Vivas pensó que el hombre debía de ser una persona si no deprimida por lo menos de lo más aburrida.

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¿Y cómo se le ocurrió abrir un hotel en un lugar así entonces?, preguntó Vivas.

El hombre miró hacia lo alto de la pared que tenía a un costado y apuntó con un dedo hacia un retrato de la época del daguerrotipo: un hombre viejo con bigotes mostacholes los observaba con mirada fría.

Por culpa de él, mi bisabuelo paterno. Tal vez en su tiempo el clima fuese diferente, dijo el hotelero, agarrando el cuaderno de visitantes donde empezó a anotar la fecha y el nombre completo de Vivas.

¿Y por cuánto tiempo piensa hospedarse? Vivas dio de hombros.

Soy un escritor en busca de un lugar tranquilo y eso dependerá del tiempo que me lleve escribir la historia que tengo en mente.

¡A la pucha, un escritor! ¡Quién diría un escritor por aquí! En los labios del hotelero se dibujó un gesto que denotaba sorpresa, después agregó con amargura en la voz:

Aunque no sé de dónde podrá sacar inspiración en este lugar tan deprimente. Sus ojos buscaron el día gris y lluvioso del otro lado de la ventana que tenía a su derecha.

Bueno, algún día tendrá que parar, ¿no?, dijo Vivas, tratando de imprimirle a sus palabras algo de animosidad.

Desde que tengo memoria nunca he visto días diferentes. El hotelero señaló afuera. Vivas se dijo ahora que el dueño del hotel exageraba demasiado en sus apreciaciones, al menos sobre el clima.

De cualquier manera ya tengo el borrador con la idea general de la historia. Inspiración es lo de menos, lo demás es puro sudor, acotó Vivas, volviendo a hablar de su libro.

¿Será una novela? ¿Ya tiene título?, cuando la publique me gustaría comprarla. El tema pareció interesar al hotelero, porque cambió el tono de voz, ahora más vivaz.

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Por ahora tiene título provisorio, "Primavera", pero con el desarrollo de la trama puede que lo cambie por otro, explicó Vivas.

¿"Primavera"? ¡Ja! Menos mal que ya tiene una idea general, porque con este clima nuestro.... El hotelero volvió a mirar con desinterés el día a través de la ventana. Vivas estuvo a punto de decirle que al mal tiempo hay que ponerle buena cara, pero pensó que el hotelero tal vez fuese un pesimista nato.

II- EL RESTAURANTE

Vivas acomodó sus cosas en la habitación y pensó dar una vuelta por el pueblo y comer algo. "Y mañana me pongo a escribir", se dijo, antes de bajar a la recepción.

Cuando salió a la calle ya había anochecido. El humo exhalado por las chimeneas, detenido sobre las luces de los faroles en el medio del boulevar que dividía la avenida de punta a punta en dos carriles, le daba a la misma un aspecto de túnel brumoso. El dueño del hotel le había recomendado un restaurante, la verdad el único, como el hotel, casi al final de la avenida. Conducía despacio, de hecho, por dos o tres automóviles que vio pasar por la mano contraria, no necesitaba aumentar la velocidad. Mientras las cuadras se sucedían, ahora que no tenía el apuro con que había buscado la dirección del hotel, con su buen ojo de escritor para los detalles notó que, así como el hotel y el restaurante, solo había una tienda de ropas, una zapatería, una carnicería, una panadería, una verdulería, una librería, un minimercado, una estación de servicio, un bar y un quiosco, el resto se componía de casas viejas y las pocas nuevas se mostraban mal cuidadas. Pensó que si esto era todo lo que había en la avenida principal, no habría mucho para ver más allá de ella. Lo que no representaba ningún inconveniente, al contrario, ya que un lugar así se adecuaba a sus expectativas, pues buscaba tranquilidad y poca gente, algo totalmente opuesto a la gran ciudad con sus constantes bullicio y distracciones durante las veinticuatro horas.

Desde afuera, Vivas observó que la reducida clientela del restaurante ocupaba solamente tres mesas; en la que estaba al lado de la única vidriera, un matrimonio cenaba en silencio, los ojos puestos en el televisor; en otra, contra la pared y cerca del mostrador, con los codos apoyados a ambos lados del plato vacío y el mentón sobre las manos entrelazadas, un hombre, también con la vista puesta en el aparato, se demoraba en un vaso de vino por la mitad y en la tercera, en el medio del local, dos

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jóvenes, uno de lado y el otro de espaldas a la puerta, conversaban alegremente compartiendo una cerveza.

Vivas entró.

Detrás del mostrador un señor mayor, que apenas le echó un vistazo al verlo entrar, secaba un vaso mientras reía con lo que veía en la televisión; cerca suyo una muchacha era absorbida por un celular y que, enajenada del mundo a su alrededor, ni notó cuándo ni quién acababa de entrar. Los otros clientes, en cambio, lo miraron extrañados sin demorarse mucho en ello.

Buenas noches, saludó Vivas.

Buenas noches, respondieron, como si formaran parte de un coro, casi todos menos la muchacha que simplemente levantó la vista para ver a quién saludaban y luego volvió a lo suyo. Vivas eligió una mesa en el rincón donde confluían la pared que daba a la vereda y la pared opuesta a la que estaba el hombre solitario, donde tendría una visión del conjunto y podría observar el panorama interior en toda su amplitud sin perder ningún detalle. El hombre del mostrador largó el vaso que estaba secando y carraspeando llamó la atención de la muchacha y con un gesto de cabeza le indicó que fuera a atenderlo. La muchacha, visiblemente fastidiada, dejó el celular y de mala gana se acercó a su mesa con la carta en las manos. Vivas imaginó de antemano la escena siguiente: la muchacha le tiraba el menú de mala gana sobre la mesa y se quedaba viéndolo mientras golpeaba con un pie impacientemente el piso para que él se apurara en hacer el pedido. Pero la muchacha lo sorprendió.

Buenas noches, le dijo, con una sonrisa gentil mientras le entregaba en manos el menú.

Buenas noches, respondió Vivas, sorprendido por la gentileza y simpatía de la muchacha. Pidió una cerveza, y mientras la muchacha iba a buscarla revisó el menú que, como ya lo esperaba, no ofrecía gran variedad, lo que no le venía ni le iba, pues en verdad tampoco tenía demasiado apetito. Cuando la muchacha regresó con la cerveza y un vaso, pidió papas fritas. Y una porción de aquello verde que está detrás del señor del mostrador, si es son pepinitos en vinagre, agregó, entregándole el menú.

Muy bien, dijo la muchacha sin confirmarle si eran o no pepinitos. Cuando ella volvió con una pequeña bandeja de acero en sus manos,

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Vivas descubrió que sí lo eran.

Aquí tiene los escarbadientes y las papas fritas van a demorar un poco, le dijo ella y se retiró, volviendo rápidamente al celular.

Cuando terminó la cena, Vivas se acercó al mostrador para pagar.

¿Lugar tranquilo este pueblo, no?, le preguntó al hombre del mostrador. Más tranquilo que agua de tanque, respondió el hombre.

Noté que no hay muchos negocios desde el hotel hasta aquí, por lo menos en la avenida, comentó Vivas.

Y no encontrará mucho más vaya adonde vaya. Éste, por ejemplo, es el único restaurante y así de lleno como lo ve ahora son todos los santos días. Si no fuera por mi abuelo, su fundador, ni loco yo pensaría en abrir uno, respondió el hombre con resignación en la voz.

Pero me imagino que en primavera y en verano lo frecuentará más gente, dijo Vivas.

¿Primavera? ¿Verano? Éso son solo palabras, amigo. Aquí todo el año, desde que tengo memoria, siempre ha sido así: frío, lluvioso y gris. En definitiva un pueblo triste.

Vivas volvió al hotel con la sospecha de que las personas del lugar eran dadas a exageros, por lo menos desde que tenían memoria.

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A primera hora Vivas se puso a trabajar en la historia, por la ventana que tenía delante suyo podía ver el cielo inmutable, gris y lluvioso. Una ventisca suave salpicaba el vidrio con diminutas gotas que luego arrastraba formando pequeñas lineas diagonales. Dentro de la habitación la calefacción se aproximaba al clima que Vivas describía en la historia, por ese motivo, tal cual uno de los personajes, llevaba puesta tan solo una camisa liviana. Cuando calculó que estaba cerca de la mitad de la primera parte del primer capítulo (a eso de las nueve y media) decidió bajar a desayunar, único servicio extra que ofrecía el hotel. Antes volvió a observar el tiempo, aún lloviznaba, pero el viento había aumentado considerablemente y secado el vidrio; el cielo plomizo, sin embargo, continuaba casi igual.

El comedor quedaba en los fondos del hotel y se llegaba atravesando un largo corredor. El recinto era un amplio salón casi inhóspito, lo habitaban apenas cuatro mesas, como islas en un gran lago; quizás el dueño del hotel estuviera cierto y con poca gente visitando el pueblo con cuatro mesas era más que suficiente. Sin embargo, en ese día parecía ser el único huésped, o al menos a esa hora de la mañana, aunque no recordaba haber oído movimiento desde su habitación. Sobre las paredes flotaban algunos pocos cuadros con fotografías en blanco y negro de tiempos idos de Villa Del Monte, Vivas notó con cierto asombro el suelo húmedo y el cielo de lluvia. "Bonitos paisajes para empezar el día", pensó.

El hotelero, que lo había visto pasar por la recepción desde el depósito, donde guardaba los instrumentos de limpieza, llegó enseguida trayendo en una bandeja un termo con café, una tetera con leche tibia, una taza, cuatro panes franceses, manteca, mermelada de durazno, dulce de leche, azucarero, edulcorante, una cucharita y dos cuchillos, uno para cortar el pan y el otro para untar.

Buen día, ¿cómo pasó la noche?, lo saludó, con el mismo tono apático del día anterior.

Muy bien, gracias. Creo que soy el único huésped esta mañana, comentó Vivas.

No le dije yo que nunca viene mucha gente por aquí. Si alguien quiere aburrirse este es el lugar indicado. Vivas pensó que el dueño del hotel, sin importarse en desanimar al único cliente que tenía en días, parecía empeñarse en espantarlo. O quizás actuaba así porque él ya le había dicho que quería paz y sosiego para escribir su historia, con lo que no

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corría ningún riesgo siendo sincero.

Antes de bajar a desayunar vi que había parado de llover, quién sabe hoy sale el sol, comentó Vivas.

Veo que usted es muy optimista, o muy bromista, contestó el hotelero, luego volvió a la recepción meneando la cabeza.

"Gente rara la gente de este lugar", pensó Vivas mientras empezaba a desayunar.

Cuando subió a su habitación contempló nuevamente el cielo, no había vuelto a llover, pero el cielo, aunque algo más claro, continuaba gris pero el viento seguía soplando con fuerza. Cerca del mediodía, Vivas ultimaba ya la primera del primer capítulo cuando un rayo de sol cruzó la habitación diagonalmente; se acercó a la ventana para mejor ver el cielo. Entre las nubes alborotadas parches azules de todos los tamaños anunciaban que el mal tiempo estaba llegando a su fin. Y para cuando se disponía a bajar para dirigirse al restaurante, las últimas nubes se dispersaban en un cielo espléndidamente azul. Y justo en ese momento desde abajo le llegaron voces como de otros tiempos.

Al bajar a la recepción vio, a través del vidrio de la puerta, un pequeño grupo de personas frente al hotel mirando al cielo y hablando alto. Otros grupos, aquí y allá, hacían igual escándalo, todos mirando y apuntando con sus manos hacia el cielo. Vivas también elevó la mirada, pero no vio nada diferente que no haya visto antes.

¿Qué sucede?, le preguntó al dueño del hotel, que estaba entre los que se amontonaban delante de la entrada.

¡El cielo!, exclamó, tomado de tanto júbilo que Vivas se sorprendió.

Creí que me iba a morir sin ver el sol alumbrar una única vez en la vida esta tierra. Ya lo había visto un par de veces en los pueblos vecinos, y la vez que fui a la capital y otra cuando fui de vacaciones a Carlos Paz, pero aquí... nunca. Mientras decía eso el hotelero no sacaba los ojos de las alturas.

Vivas volvió a pensar que la gente de Villa Del Monte era dada a exageros.

Mientras se dirigía al restaurante la escena en la vereda del hotel la volvió a ver, como calcada, en varios lugares a ambos lados de la avenida

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y en las intersecciones de las calles, tanto a la derecha como a la izquierda. Exacta y extrañamente la misma escena. Por un momento una sombra dudosa bloqueó fugazmente los pensamientos de Vivas, que lo hizo dudar de la cordura de la gente del lugar.

Lograr que le sirvieran el almuerzo le llevó mucho tiempo de espera. La muchacha había relegado el celular a segundo plano en favor de la contemplación del cielo, el dueño del establecimiento y la cocinera también habían largado lo suyo y engrosaban el grupo reunido en la entrada. Y cuando el dueño, sin otra alternativa, se dignó a atenderlo, Vivas mismo estaba con el frasco de pepinitos sobre su mesa ensartándolos con un tenedor.

Intrigado por la conmoción de la gente, Vivas le preguntó al dueño:

Dígame, por favor, tengo una duda, ¿por qué todo el mundo está tan maravillado viendo el cielo?.

Es que es la primera vez que vemos salir el sol aquí en Villa Del Monte, contestó el hombre.

Vivas, que hasta ahí creía que eso de los días lluviosos y siempre gris se trataba de una simple metaforización típica del lenguaje de los habitantes de Villa del Monte, insistió en el asunto:

Espere un poco, usted me está diciendo que en Villa Del Monte nunca alumbró el sol, ¡nunca!

Usted lo ha dicho, amigo. ¡Nunca!, desde que tengo memoria, respondió el hombre, sonriendo.

Vivas acabó almorzando pepinitos y papas fritas como la noche anterior. IV- EL OTRO PUEBLO

Dos meses habían pasado ya y los últimos capítulos de la novela estaban próximos, y en todo ese tiempo no había vuelto a llover. Afuera, flores alegraban jardines, balcones, los canteros de la única plaza, los maceteros dispuestos en la entrada de algunas casas y negocios y los floreros en las mesas del comedor del hotel y del restaurante, mientras que el pasto y los árboles habían enverdecido el pueblo y los campos. Y Villa Del Monte empezó a perecerse a la historia que Vivas estaba a punto de terminar.

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Una mañana Vivas oyó, a mitad de un capítulo, otro bullicio en la planta baja como la vez pasada cuando apareció el sol, según afirmaban todos, por primera vez. Era un parloteando como de cotorras encima de un árbol frutal. Las calles habían sido invadidas por autos y personas que no eran del lugar

¿Turistas?, le preguntó al hotelero, apenas bajo a la recepción.

No, son antiguos habitantes del pueblo que al anoticiarse que el sol había vuelto a brillar han aprovechado para visitar la parentela, respondió Juan Carlos.

"Ésto se está poniendo raro", pensó Vivas.

Esa mañana decidió desayunar en el restaurante, pero nuevas sorpresas también lo esperaban por allí, conque tuvo que esperar en una considerable fila para poder desayunar. Cuando regresó al hotel vio que de un camión unos hombres descargaban sillas y mesas, y cuando a las cinco bajó a merendar, las islas imaginadas en el comedor se habían multiplicado, y los viejos cuadros deprimentes habían sido remplazados por coloridos pósteres de una Villa Del Monte rejuvenecida y al mismo tiempo irreal.

"Definitivamente, Villa Del Monte ya no es el lugar que hubiera elegido ni para escribir un miserable poema", pensó. Lo único que faltaba para espantarlo de una vez por todas era depararse en cualquier día de esos con un McDonald en la esquina más valorizada de Villa del Monte. Al día siguiente, lo despertó el insólito anuncio del primer carnaval en la historia de Villa Del Monte, propalado por una voz metálica proveniente del parlante acoplado al techo de un automóvil.

"¡Caramba!, tanto sol parece que ha despertado la inercia en la cual estaba sumido el pueblo. Por suerte ya me falta poco para terminar", pensó y enseguida se abocó a finalizar la historia, sin pensar demasiado si el final no quedaba tan bien estructurado como a él le gustaría, pero con las innumerables revisiones con las cuales siempre sometía a sus trabajos ya le daría un final que lo dejara satisfecho.

Dos días después Juan Carlos lo vio aparecer en la recepción con el equipaje en manos.

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¿No me diga que ya se va?, le dijo, poniendo cara de asombro.

Así es, mi amigo. Finalmente, he concluido la historia; aún tengo que someterla a varias revisiones, pero eso es lo de menos. Inmediatamente detrás de sus palabras se escuchó un trueno que hizo temblar los vidrios de puertas y ventanas y tintinear la campanilla sobre el mostrador. Los dos hombres quedaron como petrificados por un momento, luego salieron a la calle. El cielo límpidamente azul que Vivas había contemplado con satisfacción desde la ventana de su habitación se había transformado, en cuestión de unos pocos minutos, en una techumbre tenebrosa y amenazante que cubría el pueblo hasta donde alcanzaba la vista. Vivas hizo una mueca de desagrado, a su lado Juan Carlos lo miraba de reojo con denotada desconfianza.

¡Pero qué raro!, hace unos minutos el cielo estaba totalmente despejado y mire ahora, dijo Vivas.

Muy sospechoso todo esto, ¿no?, acotó Juan Carlos. Vivas que no era ni un poco supersticioso no le dio importancia al comentario, al contrario, le pareció fuera de contexto.

Y bueno, parece que tendré que irme como he vuelto, con mal tiempo, suspiró.

V- LA PARTIDA

Vivas ya se marchaba; saludó al hotelero con un bocinazo, pero Juan Carlos no lo escuchó porque estaba de espalda hablando por teléfono, y tal desatención no le llamó la atención. Vivas ya estaba cerca de la salida del pueblo cuando un contratiempo inesperado, o más bien improbable, interrumpió su camino. A primera vista le pareció que el árbol caído en la calle había sido provocado por el fuerte viento que soplaba a esa hora, pero al llegar cerca se dio cuenta que fuera provocado por el leñador guarecido al reparo de un árbol cercano que, quizás por no ser muy ducho en el manejo de la motocierra o por propia torpeza, había equivocado el corte. Ahora tendría que dar media vuelta y atravesar todo el pueblo hasta alcanzar la otra salida.

Cuando pasó por el hotel, Juan Carlos continuaba en la vereda hablando por celular, y al verlo lo saludó con una mano, pero algo en su forma de mirar, que Vivas no supo definir, le hizo pensar como que el hotelero ya esperaba verlo pasar; tal vez fuese el hecho de estar allí afuera bajo un

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paraguas hablando por teléfono en lugar de hacerlo adentro del hotel.

En la otra salida otro percance esperaba por Vivas: el automóvil se desgobernó y serpenteó sobre el asfalto mojado, quedando atravesado en la calle.

¡No lo puedo creer!, exclamó, golpeando el volante. Y apenas del automóvil sintió un pinchazo en la planta del pie: clavado en la suela del zapato tenía un clavo "Miguelito". Inmediatamente constató que una considerable cantidad de ellos minaba gran parte del asfalto alrededor del automóvil, y, como era de esperarse, las cuatro ruedas estaban pinchadas. Vivas barajaba la posibilidad de una jugarreta de niños maliciosos cuando vio llegar un camión remolcador.

"¿Eficiencia o mucha casualidad?, pensó, al ver con cuánta rapidez le llegaba el socorro.

El conductor le dijo que un vecino había llamado a la gomería avisando sobre el accidente. Vivas no dijo nada, pues ya no era ni eficiencia ni casualidad, ¿pero por qué el hombre mentía descaradamente?

El gomero lo dejó en el hotel, diciéndole que él mismo le traería el automóvil no bien emparchara las cuatro ruedas, pero resaltó que se olvidara de seguir viaje el mismo día.

Mire la hora que es, casi mediodía, le dijo, golpeándose el reloj con dos dedos, y hoy a la tarde, después de la siesta, tengo que atender otros compromisos, así que hasta mañana... El gomero se calló y se quedó moviendo estúpidamente la cabeza a un lado y otro. Vivas intentó persuadirlo, ofreciendo pagar el doble si hacía una excepción, pero el gomero argumentó que único horario disponible era el de la siesta, pero que ésta era sagrada.

Si no me tiro a dormir un par de horas, no sirvo para nada, acotó.

Juan Carlos se ofreció para llevarlo al hospital para que le hicieran un curativo, pero Vivas dijo que no era nada, que con una buena lavada ya estaba bien. Así que, cuarenta minutos después de los incidentes, estaba de vuelta en la habitación donde había estado hospedado los últimos meses.

Después de lavar bien la herida, al salir del baño se llevó una sorpresa, pues la habitación estaba completamente iluminada por un sol radiante, la

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tormenta así tan sorprendentemente como había venido había pasado. ¡Increíble!, exclamó, apoyado en el alféizar de la ventana.

VI- LA SOSPECHA

A la hora del almuerzo Juan Carlos lo llevó al restaurante. Estaba lleno, pero por suerte ("o no", pensó Vivas, sospechando algo raro) la mesa en la cual se sentaba siempre no había sido ocupada a pesar del restaurante estar lleno.

Una hora después Juan Carlos lo pasó a buscar. En el trayecto de vuelta al hotel se lo pasó hablando del hermoso día que hacía, que quién lo diría, que los pajaritos, que las flores, que la gente feliz, que la prosperidad nunca antes vista, mientras tanto Vivas, atento al mensaje subliminal que se escondía detrás de tanto optimismo, ya no tenía dudas: las palabras de Juan Carlos revelaban un ardid tejido a su alrededor para retenerlo en el pueblo. ¿Pero por qué?, aún no lo sabía.

Por la tarde bajó al comedor que estaba lleno, pero así como en el restaurante el lugar que siempre ocupaba, sorpresivamente (o premeditadamente, según él), estaba vacío, a pesar que algunas personas merendaban de pie. A la noche Juan Carlos lo fue a buscar a la habitación, pero Vivas le dijo que no iría a cenar porque le dolía la cabeza.

Si quiere le traigo un analgésico, se ofreció el hotelero, pero Vivas le mintió, diciendo que ya había tomado uno y que como había tenido un día desastroso solo quería irse a la cama.

A la mañana siguiente Vivas tampoco quiso desayunar; pasó por la recepción dando un rápido "buen día" y se encaminó a lo del gomero para buscar el automóvil.

¡¡¡No lo puedo creer!!!, exclamó, al encontrarse con la cortina metálica de la gomería baja y con un cartelito que anunciaba: "cerrado por vacaciones". En vano llamó al gomero que vivía en la casa contigua, nadie contestó. Llamó a un vecino y éste le dijo que no sabía de nada. Ya de vuelta al hotel, le contó lo sucedido a Juan Carlos, que dijo, poniendo cara de asombro:

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Pero Vivas sospechó que fingía.

Y lo peor es que no tiene parientes en el pueblo y yo no tengo su número, justificó enseguida.

"Ni falta que hace", pensó Vivas.

Bueno, tendré que tomar un colectivo y después mandaré a buscar el automóvil, dijo enseguida, ya totalmente convencido de que todo el pueblo estaba confabulado para retenerlo allí. ¿Pero por qué?, volvió a preguntarse. Continuaba sin saberlo, necesitaba pensar.

Bien, voy por mi equipaje. Juan Carlos se lo quedó mirando mientras subía las escaleras, hundido en negros pensamientos al tiempo que sacaba el celular de un bolsillo del pantalón. Mientras Vivas empacaba las pocas cosas que había sacado de las maletas, un torbellino de hipótesis, unas más descabelladas que otras, pero todas apuntando a un mismo lugar: su permanencia definitiva en Villa Del Monte, giraba dentro de su cabeza.

Al bajar a la recepción, ya con el dinero en la mano, Vivas vio a dos hombres sentados en los sofás leyendo el diario en silencio y a Juan Carlos, que limpiaba la superficie del mostrador con una franela.

Aquí tiene lo que le debo, le dijo Vivas, fingiendo parecer cordial.

Ok, contestó Juan Carlos, al tiempo que miraba a los dos hombres, y en ese mirar Vivas presintió una oscura finalidad.

VII- El CAUTIVERIO

El traqueteo del automóvil le sugería a Vivas que transitaban por un camino de tierra. En cada bache el vehículo se balanceaba y Vivas sentía con mayor intensidad la compresión del arma sobre las costillas. Calculó que habían pasado unos veinte minutos cuando se detuvieron. El conductor bajó un momento, volvió a subir y continuaron viaje. Minutos después volvieron a detenerse, entonces los hombres lo ayudaron a bajar. Oyó perros ladrando y correteando alrededor, de pronto uno a su derecha aulló de dolor, lo habían pateado. Por la manera como silbaba el viento y por el aire fresco, Vivas imaginó que debían estar en un lugar bastante arborizado. De inmediato fue conducido al interior de una vivienda, donde le sacaron la capucha y, sin darle tiempo de ver nada, lo empujaron dentro de una habitación amplia, húmeda y oliendo a encierro. El golpe producido

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por el pasador lo remitió a escenas vistas en películas de nombres olvidados. Del techo pendía un cable ennegrecido del cual una lamparita amarillenta de bajo voltaje impedía ver con claridad en los rincones . No había ningún mueble, solo un colchón viejo y raído pudriéndose en un rincón sobre el piso de ladrillos, al lado había un tacho de plástico que debería ser "el baño". La habitación era parte de una construcción antigua, ésto lo dedujo porque, además del piso muy común en casas antiguas, en algunos puntos el reboque había caído dejando ver la pared de ladrillos asentados en barro. Vivas notó que la ventana de madera se abría hacia adentro y que el cerrojo no tenía candado, lo que significaba que del otro lado si no la vigilaban ningún perro es porque tendría gruesos barrotes. Vivas apoyó una oreja en la madera, oyó el viento aullando entre lo árboles y ladridos que se dejaban oír no muy lejos; entreabrió la hoja lo suficiente para ver los barrotes que intuyera instantes antes, altos eucaliptos y más allá el pastizal rastrero de la llanura desierta hasta el infinito. Estaba en el medio del campo y quizás nunca lo soltarían. A Vivas se le cayó el alma al piso y se imaginó viejo y vencido esperando la muerte en esas cuatro paredes, como el Abate Faría. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal.

Tengo que pensar, tengo que pensar, murmuró bajito. No esperaba que alguien, Fritz, su agente literario, Daniel o Ana, sus únicos e íntimos amigos, vinieran en su busca. ¿Buscar en dónde? Él nunca decía adónde se refugiaba cuando se ausentaba para escribir un nuevo libro, porque ni él mismo lo sabía con exactitud, simplemente agarraba la ruta y sobre la marcha elegía al azar cualquier pueblito tranquilo, y tampoco notificaba su paradero. ¿Hasta cuándo tendría que esperar que sintieran su falta para avisar a las autoridades sobre su desaparecimiento, si para su última novela estuvo sin dar noticias casi un año, escondido en un pueblito en las sierras cordobesas que mal figura en los mapas? De manera que la solución inmediata era improbable. A no ser...

VIII- LA FUGA

Tengo que pensar, volvió a murmurar mientras, abatido, se dejaba caer sobre el colchón. De inmediato sintió un pinchazo en la nalga. Un pedazo de alambre sobresalía de la tela casi podrida, como una uña oscura y dura, el colchón era de resortes. Vivas no se atrevió a darlo vuelta porque supuso que del otro lado estaría hecho un asco, así que empujó el alambre hacia adentro.

Al rato, sintió ruido en la puerta, en la parte de abajo se abrió una especie de puertita, que con la escasa iluminación no había notado;

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alguien le pasó una botella plástica de agua y un plato descartable con un pedazo de carne hervida, fideos y un pan. En vano intentó que el carcelero le dijera el motivo del secuestro ni hasta cuando lo tendrían preso, ninguna respuesta le fue dada. Más tarde la puertita volvió a abrirse y una voz de hombre le pidió el plato de vuelta, luego le tiró un rollo de papel higiénico y la puertita volvió a cerrarse. De madrugada Vivas se despertó con otro pinchazo, esta vez en la espalda, justo en ese momento soñaba que tanteaba las paredes buscando un punto de escape. De pronto tuvo una idea, pero esperó hasta que amaneciera para ponerla en práctica. Mientras tanto se puso a elaborar un plan de fuga. Después que le trajeran el desayuno, una botellita plástica con té chino tibio y dos panes, y la puertita volviera a cerrarse, Vivas dio vuelta el colchón, rasgó la tela y tironeó de uno de los resortes hasta que pudo arrancarlo, ya tenía la llave de la libertad. El paso siguiente sería arrancar un pedazo de reboque en un rincón en la pared que daba afuera y raspar la tierra entre los ladrillos hasta desprenderlos, solo tenía que tomar cuidado de no hacer ruido y al mismo tiempo estar atento a la puerta. Pero ¿y si entraban los captores? No quiso pensar en esa posibilidad.

El día se le hizo largo. Después de haber devuelto el plato de la noche, se puso a trabajar con ahínco; durante una hora estuvo con el corazón en la boca hasta que consiguió aflojar el primer ladrillo, el resto resulto fácil y menos de media hora después la libertad estaba a un paso. El corazón le latía a mil revoluciones por minuto. Tímidamente asomó la cabeza por el hueco: no había moros en la costa, es decir, sus captores, ni los perros merodeando. Avanzó arrastrándose pegado al piso, calculando unos cien metros hasta donde terminaban los árboles, pero dadas las circunstancias le parecieron un kilómetro. Dos o tres veces oyó ladridos que le hicieron helar la sangre, parando y mirando hacia la casa cada vez, pero no vio ningún movimiento ni otra luz que no fuese la del hueco en la pared y en las resquicios de la ventana.

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Después de una eternidad Vivas llegó hasta el último árbol, temblaba sin control y sudaba horrores, pero ya había pasado lo peor. Ahora solo tenía que largarse de allí lo más pronto posible. Escudriñó el horizonte, el resplandor de Villa Del Monte se insinuaba a varios kilómetros. Empezó a correr a campo traviesa hacia allí. Calculó que serían como la una o las dos de la madrugada cuando llegó cerca de las primeras casas de los arrabales, no más le quedaba rodear el pueblo para no ser visto hasta llegar a la ruta.

Aún estaba oscuro cuando un camionero que lo vio haciendo dedo al costado de la ruta paró.

Y ya era día amanecido cuando unas explosiones despertaron al hotelero. Juan Carlos estiró el brazo y prendió la luz: el reloj marcaba las seis de la mañana. Se acercó a la ventana para ver a qué se debían aquellas explosiones y espió entre las rendijas de las persianas. Aturdido al principio, asombrado después y finalmente angustiado comprobó que la explosiones eran truenos y que llovía a cántaros, supo entonces que Vivas había escapado.

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