Anaconda. Francisco A. Baldarena. textos.info Libros gratis - biblioteca digital abierta

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Anaconda

Francisco A. Baldarena

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Texto núm. 6843

Título: Anaconda

Autor: Francisco A. Baldarena Etiquetas: cuento

Editor: Francisco A. Baldarena

Fecha de creación: 19 de agosto de 2021

Fecha de modificación: 18 de septiembre de 2021

Edita textos.info Maison Carrée c/ Ramal, 48 07730 Alayor - Menorca Islas Baleares España

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Anaconda

I

Otra noche de sufrimiento.

Con esta frase se atormenta la anaconda implicada en la misa negra de la lujuria humana en un cabaret de quinta, en los suburbios de la ciudad, donde noche tras noche es obligada a representar el juguete dócil y maleable en los juegos pornográficos de los hombres.

Otra noche de degradación, otra frase que martilla en su mente.

Ya la vienen a buscar. La atracción principal del espectáculo degradante, el objeto de alegría para las mentes retorcidas de los que acuden a aquel tugurio infernal en busca de satisfacción para sus más bajos instintos.

Invariablemente a las once cuarenta y cinco los dos asistentes de palco la sedan y la trasladan, dentro de una caja de acrílico transparente, al centro del palco en penumbras, donde la dejan al lado de una cama redonda, de rojo terciopelo.

El aire allí es denso, la hediondez de tabaco y alcohol le provoca repugnancia, y si no vomita es pura y exclusivamente porque después de la sesión los asistentes la apalearán para que escarmiente y no vuelva a arruinar el espectáculo.

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A las once y cincuenta, luces rojas son encendidas y el palco, finalmente, queda iluminado con el resplandor del infierno al tiempo que una música sugestiva y erótica anticipa la entrada en escena de las dos putas que la someterán impúdicamente.

Ellas la sacan de la caja y la arrojan a la cama, la desenroscan y la estiran mientras el público, desde la semipenumbra, se hace oír gritando groserías. Ahora la montan y frotan sus vaginas con movimientos sensuales a lo largo de todo el cuerpo. Ella quiere, pero no puede, evitar oír la voz del público enardecido, el monstruo hediondo, que grita a voz de cuello predicados degradantes, alentando la degeneración de las putas. Fingiéndose locas poseídas, las putas le golpean la cara con sus tetas gigantes y pesadas; la acarician con sus manos abyectas; la escupen y lamen su propia saliva, y le chupan la cola para luego, turnándose, metérsela en la vagina y en el culo mientras le dicen "te amo, puta", entre jadeos y aullidos de perras en celo. Por fin, despejan su perdición sobre su cara y antes del término de la aberración, lamen sus propias porquerías y, así, tras treinta interminables y torturantes minutos, acaba la función.

El público al unísono, impiadoso, insaciable y siempre insatisfecho, pide bis, que por suerte nunca es atendido

Enseguida vuelven los asistentes y medio le limpian el cuerpo con un trapo húmedo. Después, a su jaula de vidrio en los fondos del tugurio.

II

Cuando es introducida en la caja donde la encierran, se da cuenta de que han cambiado el aserrín, una gentileza que desdeña porque ni le viene ni le va. Lo que desea no es un lecho blando, sino la posibilidad de morir en ese instante, ya que la libertad, por lo improbable, es un sueño que duele en lugar de darle esperanza.

Dentro de unos minutos apagarán las luces y el sueño vendrá para alejarla, en su inconsciencia, por unas pocas horas de los pensamientos más pesimistas que asolan su mente cuando está despierta.

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Pero hoy no dormirá tan pronto, sus pensamientos están en la próxima función; necesita planificar muy bien una salida honrosa, pero no menos trágica, que viene ideando desde que percibió que el sedativo ya no le hace más efecto.

III

Once y cuarenta y cinco. Los dos asistentes la trasladan al palco y la dejan al lado de la cama; las luces se encienden, la música empieza a sonar. Momento en que entran las putas. Y como cada noche, la arrojan sobre la cama y la desenroscan. El público, ese monstruo insaciable, impaciente, pide acción inmediata. Las putas la montan, frotan sus sexos impúdicos por todo el cuerpo mientras el monstruo en la penumbra sigue alentándolas con sucias sugestiones. Animadas por la histeria colectiva, las mujeres proceden a golpearla con sus grandes y pesadas tetas; y la escupen toda y la lamen lascivamente. El monstruo grita, putea y golpea las mesas, pero ya no pide, sino que exige más acción. Y las putas no se hacen de rogadas, le chupan la cola y se la introducen en el culo y la vagina. El monstruo insaciable y voraz continúa exigiendo más y más y más.

La serpiente cree que ha llegado el gran momento, entonces toma la batuta y complace a la platea.

Con un movimiento rápido y certero se enrosca alrededor de las putas y empieza a apretarlas y a apretarlas y a apretarlas, cada vez con más fuerza, y a cada quejido exhalado las comprime un poco más. El aire ya no les llega, los huesos crujen y la sangre brota.

El monstruo, percatado de lo que está sucediendo, entra en pánico; ceniceros, vasos, botellas y sillas llueven sobre el bulto grotesco que forman las tres. Pero la serpiente, decidida a ir hasta el final, no se amedrenta y sigue apretando a sus presas, y en su abrazo mortal la piel de las putas va adquiriendo un tono violáceo mientras en sus ojos la vida

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las abandona poco a poco.

Los asistentes de palco, alertados por los alaridos del público, aparecen, y se arman; uno quiebra una botella de cerveza, el otro ha ido en busca de un picahielos.

Ella los ve aproximarse, pero no deja de apretar otro poco y otro poco y otro poco más, hasta que ya no tiene más qué apretar, todo ha acabado ya.

Exhausta, espera dignamente su fin.

Cuando finalmente los asistentes consiguen matarla y liberar a las putas del abrazo mortal, ya las tres han conseguido su libertad.

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