La ministración de liberación

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que ese Dios que no se ve, es real y está dispuesto para respaldarles; que ese precioso Espíritu Santo que no se ve es real y está a nuestro alrededor para protegernos y respaldarnos.

Hay que estar plenamente convencido que el Espíritu está de su lado para respaldarle y para ayudarle, que en cuanto se le invoque, él va a acudir a su llamado, para darle confianza y autoridad, que con solo decirle a la enfermedad y a los demonios ¡fuera! Se irán inmediatamente.

Unción es confianza en Dios, que se traduce en autoridad. Jesús dice:

“si nuestra fe fuese como un grano de mostaza, podríamos decirle a la montaña que se mueva al mar y la montaña se moverá”

(Marcos. 11.22-23).

Cuando los discípulos no pudieron sacar un demonio de un muchacho, ellos le preguntaron al Señor ¿Por qué no pudimos sacarlo? Y Jesús les contestó: “Por vuestra poca fe” (Mateo.17:20). Vemos con esto que la fe en el poder de Dios es fundamental para que la unción se manifieste. Sin fe nada se moverá, según sea tu nivel de fe, así será tu nivel de unción, entre más fe, habrá más unción. Podríamos concluir que la unción es directamente proporcional a la fe.

¿Cómo obtener confianza en Dios, en su respaldo y su poder?

La confianza en Dios nace y crece cuando leemos sus promesas de respaldo y protección en la Palabra y las creemos, cuando versículos como:

“Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas” (Marcos.16:17).

“De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre”

(Juan 14:12).

Y otros más, se vuelven realidad para usted.

¿Qué relación tiene la santidad, la oración y el ayuno con la unción?

La santidad es la base y sostén de la unción, es la que les hace aptos para que la unción se deposite en la vida del creyente, y mientras haya santidad, la unción se va a mantener en la vida del creyente, pero si la santidad se pierde, se deja de ser recipientes aptos para que ella se mantenga, sin santidad la unción se irá, aunque tengamos toda la fe del mundo.

El rey Saúl estaba ungido por el Espíritu de Dios, cuando él cayó en pecado, perdió la santidad y al perder la santidad, la unción se fue, es así de sencillo (1ª Samuel. 16:14). David cayó en adulterio con Betsabé la mujer de Urías, cuando el profeta Natán le descubrió su pecado, inmediatamente lo que David dijo fue:

“Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus

ojos… No quites de mí tu Santo Espíritu” (Salmo 51. 4, 11b).

David sabía lo que le venía por perder la santidad, él sabía que dejaba de ser un vaso apto para morada del Espíritu. La oración y el ayuno crean una conexión directa con el Espíritu, cuando se está en comunión con Dios, su presencia desciende y le da una mejor comprensión de su Palabra, le trae revelación de las Escrituras de modo que crea en ella. Sin la oración y el ayuno se andaría en la carne, no se entendería su Palabra que es la que proporciona la fe para que la unción crezca.

Se concluye entonces que la fe hace que la unción descienda sobre el creyente, la santidad permite que la unción permanezca en él y el ayuno y la oración hacen que se comprendan mejor las Escrituras para que la fe crezca y la unción siga creciendo.

¿Cuántas clases de unción existen y para qué sirven?

Según Juan. 14:16 existen dos clases de unción, la interna y la externa. Juan dice que el Espíritu estará en —dentro— nosotros y con — alrededor— nosotros, de allí se desprenden estas dos clases de unción. Con la unción interna se ministra a través de la imposición de manos, haciendo contacto con una persona por medio del toque de las manos, la unción que reside en usted, corre por su cuerpo, sube a la piel e invade a la otra persona, desprendiendo enfermedades y demonios que en ella haya. Con esta unción se puede orar a una, dos o tres personas cuando mucho, pero cuando le toque ministrar a cincuenta o a cien personas al tiempo, la unción interna le resultará insuficiente.

La unción externa es la utilización del Espíritu Santo que está a nuestro alrededor, este se manifiesta por medio de la invocación o la adoración, y cuando desciende sobre las personas, los demonios y las enfermedades saldrán de ellos. Esta se utiliza cuando la cantidad de personas o lo incómodo del sitio, imposibilita la ministración personalizada.

El Señor en su ministerio utilizaba las dos. Para sanar a un ciego en (Mateo. 9:29), utilizó la unción interna, tocándole los ojos, y para sanar al paralítico que metieron por el techo en (Marcos. 2:11-12), utilizó la unción externa lanzando la palabra. Usted también puede utilizar las dos, según sea la necesidad.

Los enemigos de la unción.

Los enemigos de la unción son cuatro; la falta de confianza en sí mismo, la falta de confianza en Dios, el temor y el desconocimiento de los procedimientos para sanar y liberar. Todo cristiano tiene algo de unción, unos más otros menos, el hecho de que usted nunca a sanado o liberado a alguien, no es porque no tenga unción, sino porque la falta de confianza en usted mismo, no deja que la unción fluya. Nos falta estar plenamente convencido del llamado de Dios, que es un hijo de Dios escogido y amado, que es un ministro de su poder, embajador del reino en esta tierra.

La otra razón por la cual no se mueve la unción por medio usted, es porque le falta confianza en Dios y en sus promesas. Hay que estar plenamente convencido que el Señor está con nosotros, seguros que el nos respalda todos los días, hasta el fin del mundo, que él no nos dejará ni nos desamparará.

La tercera razón del por qué la unción en algunos no se ve, es porque hay mucho miedo en sus vidas, le tienen miedo al enemigo, a tal punto de creer que él tiene licencia para atacarlos cuando el quiera, eso es darle más crédito al enemigo que a Dios. Cuando usted le pierda miedo al enemigo, entonces lo enfrentará y lo destruirá.

La última razón por la que la unción no se da, es porque se desconoce la forma de proceder, muchos no tienen miedo, confían en Dios y en sí mismo, pero aún así, las cosas no se dan. Solo falta que usted se capacite en conocer la forma cómo se debe ministrar a las personas.

Procedimiento para sanar y liberar personas.

Lo primero que se debe saber es que los creyentes como personas no tienen poder para sanar o liberar a nadie, que ellos no son los que sanan, que el que sana y liberta es el Señor, que sin él nada se puede hacer. Esto de liberar y sanar no es por fuerza, por influencia, por los estudios que se tengan, por el dinero que ganen, por los diplomas que tengan en la oficina, por lo elocuente o importante que sean, es por su espíritu dice el Señor. (Zacarías. 4:6). Teniendo bien claro esto, entonces a continuación se van a estudiar los pasos que hay que dar para que la unción fluya y sane, veamos.

1. Hacer que la persona se disponga a recibir.

Hay que decirles a las personas que se van a ministrar, que se dispongan a recibir, que cierren sus ojos, que levanten sus manos en actitud de adoración y que se queden completamente en silencio. La unción tiene sus leyes, y una de esas leyes es la de dar y recibir; se da —se ministra— orando, hablando; se recibe —se es ministrado— en completo silencio.

Si una persona le viene a pedir oración de sanidad o liberación, y en el momento de ministrarla ella se pone a orar, a hablar en lenguas o simplemente a hablar, esa persona no recibe nada, no porque usted no tenga unción, sino porque ella no está recibiendo, —porque está hablando— tanto usted como ella están ministrando —porque los dos están orando—, la pregunta es ¿Quién está recibiendo? Lo primero que debe decirle a esa persona que va a ministrar es que se quede totalmente callada.

2. Invocar la presencia del Espíritu Santo.

Después que ya todo está dispuesto, se pide al Espíritu que se manifieste, se sabe que el Espíritu es omnipresente, que se encuentra en todas partes, pero no en todas partes está manifestado, solo donde lo invocan.

¿Cómo se invoca el Espíritu Santo?

De dos maneras, primero; se le llama con nombre propio, se le pide al Espíritu que fluya, que toque o que ministre a la persona o personas que queremos orar (Ezequiel. 37:9). Antes de proceder a hacer cualquier cosa, lo primero que se hace es invocarlo.

La segunda forma en que se puede manifestar el Espíritu es por medio de la adoración (2ª Reyes. 3:15), cada vez que se le adore, él se va a manifestar. ¿Por qué? Porque él anda buscando adoradores que lo adoren en espíritu y en verdad, y cuando encuentra a alguien que está adorando, inmediatamente desciende (Juan. 4: 23). Cuando ya se ve que el Espíritu está ministrando a la persona, se puede proseguir.

¿Cómo sabemos que el Espíritu ya descendió sobre la persona?

Cuando el Espíritu Santo desciende a ministrar a una persona, ella experimentará unas sensaciones únicas, no vemos al Espíritu, pero se puede percibir por medio de esas manifestaciones físicas en la persona que se está orando.

¿Cuales son las manifestaciones que presenta una persona que está siendo ministrada por el Espíritu Santo? Son muchas, a algunas les tiembla todo el cuerpo o lloran, a otras se les acelera la respiración y los latidos del corazón, otras saltan o caen al piso, otras se les eriza la piel, se ponen pálidas o hablan en lenguas. Por estas manifestaciones se sabe que el que sana y liberta ya está presente, y si él está presente, ya no hay más nada más que pedir.

3. Lanzar la palabra de autoridad con fe.

El creyente tiene dentro de si al Espíritu del Dios creador, el que hizo los cielos y la tierra. ¿Cómo hizo Dios para crear los cielos y la tierra? Esperó que el Espíritu se manifestara y se moviera sobre la faz de la tierra (Génesis. 1:2), luego dio la palabra creadora, la palabra de autoridad ¡Sea la luz! Y el Espíritu inmediatamente hizo la luz (Génesis. 1:3). De igual forma fue el proceso para seguir creando las demás cosas, la clave está en la manifestación del Espíritu y lanzar la palabra de autoridad.

Igual que hizo el Señor, una vez se vea que el Espíritu Santo está sobre la persona, se procede a lanzar la palabra de autoridad, se puede decir: ¡Demonio de ruina, sal de ella! E inmediatamente el Espíritu Santo buscará dentro de ella al demonio de ruina y lo expulsará de su vida, por tos, por eructo, por respiración profunda o por vómito. Si se dice ¡Artritis vete de ella! Inmediatamente el Espíritu penetra en ella y desprende la artritis de los huesos y articulaciones. Según lo que usted diga, eso hace el Espíritu, si usted no dice nada, nada sucederá.

Cuando en las iglesias se está cantando las alabanzas de adoración, es cuando más se manifiesta el Espíritu Santo, los asistentes comienzan a ser quebrantados por su presencia, esa es una señal que él está presente.

Si los ministros de alabanzas supieran esto que se está enseñando aquí, solo tendrían que lanzar la palabra y decir; “ahora las dolencias se van de los cuerpos” y sucederían una gran cantidad de sanidades cada domingo, pero muchos de ellos lo que hacen es cerrar los ojos cuando están cantando, ¿Cómo van a ver si el Espíritu se está manifestando o no? Señor, que esto que se está tratando aquí, se les revele a los ministros de alabanza, para que dejen de pensar en tonos, notas y timbres de voz, y se dediquen más a conocer al Espíritu Santo.

“Entonces, acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas? El respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado”.

Mateo. 13: 10-11

La guerra espiritual se basa en leyes espirituales, a veces se es muy tradicionalistas o emocionalitas y se hacen cosas por hacer, pero es necesario que se proceda con conocimiento de causa, sabiendo el por qué se hacen las cosas, este capítulo se dedicará a corregir los errores que por años se han visto que se hacen en la ministración y a responder preguntas que por años han estado haciendo los creyentes, veamos:

Solo una persona dirige la ministración.

En ocasiones se oye un bullicio cuando están ministrando a una persona, todos dan órdenes, todos gritan, todos gesticulan. Esto es un craso error, la Palabra dice que si dos o tres se pusieren de acuerdo en cualquier cosa que pidan, les será hecho por Dios (Mateo. 18:19). Los demonios son torpes para oír, y si el uno le dice por un lado: ¡Cómo te llamas! Y un hermano le dice por otro lado: ¡Te callas demonio! El pobre demonio dirá: ¡Por favor pónganse de acuerdo, me callo o hablo!

Las órdenes que se dan a los demonios deben ser unificadas, con un solo criterio. Si otras personas quieren apoyar al que está ministrando, solo deben decir ¡Amén! O ¡Sí Señor! A las órdenes que el que está coordinando de a los demonios.

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